Citas... pueden ser inesperadas, aburridas, deseadas... o, simplemente, citas.
Dicen que no hay nada como una primera cita. La incertidumbre, el deseo, la risa nerviosa y el ansia de que todo salga tal y como estaba previsto. Pero, a excepción de en los cuentos de hadas, nunca ocurre así.
Puede que el galante caballero llegue tarde, no invite, que la camarera tropiece y tire una bebida por encima de tu pelo recién lavado y que el sol radiante con el que comenzó el día, se oculte tras unas grises y oscuras nubes.
Somos pesimistas y, al soñar con la perfección, tendemos a estropear todo aquello que tenemos. Esta vez no soñé, no pude.
Y... brilló el sol toda la mañana, él llegó muy puntual y me invitó. Hablamos de mil cosas y reímos.
¡Fue tan entretenido! Por un rato me olvidé de todo lo demás y, luego, ambos volvimos a la realidad.
No fue tan duro como parece. Volver a la realidad tras haber hablado con alguien de manera sincera, es como viajar sin equipaje. No hay amor, ni un gran deseo por mi parte. Pero me siento solo y necesito hablar, necesito a alguien con quien charlar en persona sin esconder nada. Puede que haya encontrado el principio de una amistad. ¿Será algo más? No lo creo, no lo sé.
Al igual que una cita, se sabe cómo empezará, pero cómo se desarrolle y termine, son algo tan incierto como los sentimientos humanos. Ésos de los que no puedo deshacerme con facilidad.
¿Y él? ¿Sentirá lo mismo? ¿Querrá algo más? ¿Terminaremos por herirnos? Tiempo al tiempo, arena sobre el agua. La próxima vez, invito yo.